Soledad se hartó.
Odia a su familia, su pareja, su vida.

Los problemas mentales (la locura; de la mala) se aceleran con el paso de los días. La palabra odio se adueñó de su cabeza y no sabe como terminar con tanto desequilibrio personal y emocional.

Un buen día, sábado, así sin más, decide terminar con todo.

Despierta temprano, ve por la ventana el bello sol de marzo que comienza a iluminar. Una mañana de un día brillante, hermoso, perfecto para llevar a cabo una enferma atrocidad.

Baja a desayunar, sus padres salen de madrugada a trabajar, pero como cada sábado, vuelven antes de las 3 de la tarde. Soledad tiene tiempo de sobra para preparar su acto. Pero en lugar de eso, termina su taza de té y tres cigarrillos, comúnmente su desayuno, y se dirige a la ducha.

Un relajante baño de tina toma. Como si la calma y paz reinaran su entorno, su vida. Pero es todo lo contrario. La ansiedad y el dolor le carcomen la existencia; existencia mermada por el abandono total de sus padres y el reincidente daño emocional causado por su novio, quien sigue de viaje “de placer” con un montón de golfas que acompañan siempre a todo lugar al chico acaudalado proveniente de familia económicamente bien acomodada.

Soledad termina su baño.

Entra en su cuarto. Desnuda se mira en el espejo, su figura delgada y atractiva contrasta con el tenebroso aspecto de sus ojos negros, sin brillo, sin vida. 
Comienza el ritual de escoger qué ropa ponerse. Al final elige un vestido corto, ligero, que resalta la belleza de sus largas piernas, y converse. El vestir es importante, más aun cuando vas a cometer un crimen. Muchos crímenes son recordados por el estilo del victimario; Soledad tenía estilo. Mucho. Además de belleza.

Salir de su habitación. Fumar y esperar. Dan las 10 AM. 
¿Qué hacer? Películas de horror es la respuesta. Psycho y la escena en la bañera le satura la mente de ideas. Luego ve Martyrs. Soledad es un mártir, la vida le duele, el amor la destroza, no sabe canalizar el dolor que ha guardado durante tanto tiempo y sólo resiste en soledad. Soledad es soledad en estado más puro. 

15:30 horas y escucha uno de los coches. Es padre, quien llega del negocio familiar cansado y con 3 botellas de Guinness en mano. 
Hola, hija. Dice padre.
Papá, responde Sole.
¿Limpiaste la sala?
Sí.
Voy a estar ahí viendo fútbol. Por si necesitas algo.

“Por si necesitas algo”, el muy hijueputa no sale leer la mirada perdida de Soledad, no ve la inexistencia de brillo en sus ojos y sólo se limita a ver el fútbol en su fido LED de 50 pulgadas.

Madre llega a los 15 minutos. 

Madre, ¿cómo te fue?, pregunta Sole.
Mal. Mucho papeleo en la oficina. Estaré en la habitación.

¡SECO!

Madre es igual a padre, no conoce la empatía. Madre no es madre. Es un ser sin vida que se la pasa metida en un trabajo que no le deja otra satisfacción que el dinero. Dinero que no disfruta porque no sale de la oficina mas que el fin de semana. ¿Qué hace el fin de semana? Entra en su cuarto y se empastilla hasta quedar muerta. Cada sábado es igual.

Soledad tiembla, sabe que es el momento. Por dentro hay una bomba de tiempo a punto de estallar. Camina a la cocina y toma el cuchillo más grande que encuentra.
Y llama a padre. 

¿Qué chingados quieres, no ves que estoy descansando?, responde el cabrón.
No te quito mucho tiempo, dice Soledad.

Soledad esconde el cuchillo detrás de su espalda, enfundada en ese hermoso vestido corto floreado que escogió por la mañana. 
Padre llega, ¿qué pedo?, pregunta.
Soledad ni tarda ni perezosa muestra con rabia el cuchillo en su puño, mientras padre la mira con terror.
¿Qué vas a hacer?, le dice cagado del miedo.
Soledad no responde.
Padre por fin logra ver la mirada perdida de Soledad, sus ojos negros, sin vida; y por fin lo entiende, pero es demasiado tarde.

Soledad salta encima de él, y sin mediar palabra, le clava el cuchillo en la garganta. Padre trata de levantarse, pero la endeble Soledad parece haber obtenido una fuerza sobrenatural, éste trata de tapar su herida, pero la sangre morada comienza a inundar el suelo, mientras el vestido de Sole queda salpicado.
El brillo vuelve a sus ojos, pero de nuevo, es demasiado tarde.

Se levanta, Padre ya no intenta nada. Soledad disfruta viendo la agonía de su progenitor. Su dolor a ella le devuelve la vida, lo mira con morbo, con un placer enfermo, sonríe de manera diabólica mientras limpia el cuchillo. No siente pena, su sangre se volvió fría un par de años atrás. No sufre por el dolor ajeno, ya no más.

Padre deja de moverse. Tieso, el cuerpo sin vida yace en la cocina sobre un mar color púrpura.




La siguientes es madre, quien empastillada ya duerme en su habitación. 
Soledad sube las escaleras lentamente, no hay prisa, ni el olor a hierro que inunda la casa la despista. Cuchillo limpio en mano entra al cuarto, no importa el ruido, Madre no escucha nada.

Sube a la cama, mira a Madre. Escupe su rostro. No despierta.
Si el asunto en la cocina fue sencillo, el de la habitación no parece más complicado. Soledad rosa el cuchillo en el delgado cuello de ganzo de madre, lo pasea. ¿Qué tanto hundirlo? ¿Cómo hacerlo rápido? Busca un trabajo perfecto. Exquisito. No quiere que madre despierte mientras lo hace. ¿Cómo lograr esa ansiada perfección?

Después de tanto pensarlo, de pronto sabe como lograrla. En un segundo, se ve estirando su brazo derecho hacia su lado izquierdo, ¡lo va a hacer!
Con la misma fuerza sobrenatural que minutos antes parece haber obtenido, corta casi por completo el pescuezo de Madre. No despertó mas que para abrir los ojos. 

De un momento a otro se ve Soledad con la cara repleta de sangre, el cuello de Madre simula una fuente, pero esta vez, Sole no quiere ver nada.
Sale por la puerta con el cuchillo en mano, no hubo tiempo de limpiarlo, ni su rostro. Una fragancia fétida invade la casa de los Grimaldo, que se volvió una sucursal más del infierno. 

Soledad no siente remordimiento. Ya no siente nada. Lava el cuchillo y va a la sala. Portugal gana 2-0 a Inglaterra en Wembley. Extrañezas suceden en el mundo.

El teléfono suena, es Carlos, su novio:
Voy saliendo del aeropuerto, ya volví, ¿quieres que te pase a ver?
Sí, te tengo una sorpresa.

Soledad vuelve a tomar un baño, tranquila y en paz.

Soledad se hartó. Y ya no siente nada. Sólo corta pescuezos.


 

Album Art
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Me volví a equivocar y ya perdí la cuenta.
Todo se va, todo se va hacia el mar, hacia el mar
Se funde y se pierde.

Una carta, un final. Cosas que se pierden
Pero el reloj nunca para nena
Y quiero que lo entiendas, que lo entiendas.

Vuelvo a comenzar todo desde cero.
Todo se va, todo se va hacia el mar, hacia el mar
Se funde y se pierde

Una carta, un final. Sueños que se pierden
Nunca aprendí las cuestiones del amor
Comienzo desde cero, desde cero.

Todo se va, todo se va hacia el mar, hacia el mar
Se funde y se pierde. Cosas que se pierden.
Sueños que se pierden. Cosas que se pierden… que se pierden.

Played 5 times.

“¿Y si a ti no te importara lo que me pasara? ¿Y si no me preocupara por ti?
Zigzaguearíamos entre el aburrimiento y el dolor, evitando ocasionalmente nuestras miradas a través de la lluvia pensando en a cuál de los dos imbéciles culpar… y esperando a ver cerdos en las alas.”

Algo así cantaba Pink Floyd en el momento en que el joven y cálido Norberto salía de su trabajo camino a casa. Ataviado  y con miles de problemas sin aparente solución en su cabeza.

Cruzaba Matamoros y la calle “esa de la Macroplaza”, el viento frío de Monterrey (rarísimo en 1ero de Junio) detenía su andar, cuando sintió como un Cavalier rojo convertible saliendo de las oscuridad le pasaba a escasos centímetros de sus pies.

Llegó al otro lado de la avenida y pensó: ¿y sí ese coche me hubiera aventado 10 metros y hubiese caído en la acera muerto o con lesiones importantes? ¿Y si realmente sucedió, y esto que soy no soy yo sino una especie de cochina alma?
Volteó hacia atrás y no vio nada. Ni el Cavalier ni su cuerpo maltrecho en la banqueta.

¿Pero si hubiera pasado? ¿Te habrías preocupado por mi? pensando en aquella dulce mujer que últimamente no parece tan dulce con él.
Los problemas sin solución de Norberto se reducen a una carga importante de trabajo que lleva semanas en la oficina y que le impide asistir a clases para terminar su ingeniería. Ese es uno, el otro problema sin solución es la precaria situación con su ptitsa.

Norberto conoció a Magda hace meses. Rápidamente formalizaron una relación que hasta hace apenas unas semanas se la está llevando el carajo. El bendito carajo.

No la ve desde el 20 de mayo y no habla con ella desde hace 8 días. ¿El problema? Toda relación tiene “sus altas y bajas”, dice el pendejo de Norberto. Él engaña a los demás con ese argumento, pero sólo el y Magda conocen el verdadero meollo del asunto: problemas de comunicación, descortesía, falta de tacto y una maraña de celos en los dos bandos.

“¿Con quién saliste ayer?” “¿Adónde fuiste con tu amiga?” “Últimamente le das más importancia al trabajo” “Ya no soy tu prioridad” “¿Por qué no me llamas siquiera?” son parte de los reclamos que ambos se hacen.  Se hartan de sí mismos. Se quieren matar a pesar de tanto amor.

Norberto sabe que tiene que recuperar a Magda, ella es la única mujer que sabe cómo hacerlo feliz. A Magda por su parte “le da lo mismo”. Y eso es lo que lo perturba.

¿A cuál de los dos imbéciles culpar? piensa, recordando esa línea escrita por R. Waters mientras ya en su iPod suena Far Beyond the Sun del dedosveloces Malmsteen.

Después piensa si en realidad hay que culpar a alguien. ¿Por qué nos tratamos de esta forma? ¿No sería mejor cortar por lo sano, alejarnos, sufrir una semana y no hacerlo a diario y tratar de vivir con el fracaso amoroso?

Pero no, no, Norberto no puede alejarse de ella, es como “una especie de simbiosis” (recuerda a Bersuit) la relación que tiene con Magda. Si se aleja, se muere. Así piensa, el pendejo.

Se detiene, enciende un cancro que el exagerado viento de Monterrey le roba en lugar de dejárselo fumar. Y piensa otra vez. Después camina. Se detiene de nuevo, siente que lo siguen, acelera el paso. Acelerar. Voltear. Detenerse. Lo repite así varias veces hasta llegar a donde toma el metro.
Y vuelve a pensar.

¿Qué hay que pensar? ¿no es mejor tratar de solucionar o terminar?
Entonces ella lo llama. ¿Por qué no me has buscado? es el primer cuestionamiento de una larga sesión de reclamos. 10 minutos dura la pelea.


Corre al primer bar que encuentra.
Pide una Dos Equis. Abre, bebe. Pide otra. Abre y disfruta. Y así sigue con 10 más. 2 AM. Volver a casa.
Ya en casa, llama a Magda. Suena una vez. Colgar.

No soluciona nada. El alcohol no lo hace. El alcohol no tiene la culpa, y quizás tampoco Magda ni él.
Quizás sólo fracasó el amor. Se acabó el enamoramiento. Rápido, como las 12 botellas de XX.
Escucha las canciones que él le cantaba. Llora. Suena el teléfono. Contesta borracho. Es Magda.
“¿Qué pasa Norbe?”, pregunta ella. Y después de unos minutos de charla, él lo dice:  Se acabó, mi amor. No más, mi amor…

Antes de decir esa frase, Norberto había vuelto a repasar camino a casa el cómo terminar con ella. El taxista lo mira en el asiento trasero desde el retrovisor.
“¿Qué te pasa muchacho?” le suelta el conductor, regordete y bigotón, algo parecido a “Mario Bros.”.

Problemas de amor, Don.
¿Te dejaron?
La voy a dejar yo, Don.
¿Por qué, caramba?
Porque nos hacemos mucho daño. Parece que ya no estamos enamorados y se siente de la verga vivir así a diario. Pero ya no quiero hablar de eso.

Hablan de fútbol, el clima y el inevitable proceso electoral que se acerca. “Peña Nieto es un pendejo” “AMLO es un marica” y “Chepina, diferente mis huevos” son las frases más comunes en la charla.

Norberto llega a casa y antes de marcar a Magda y colgar al primer timbre, vuelve a pensar. Y entra en un loop sin salida. Mis problemas ya son lo suficientemente grandes como para preocuparme por otra persona, dice Norbe. La realidad es que ella es su único gran problema.
El trabajo siempre sale y tiempo tiene de sobra para volver a clases pronto. Sus 22 años se lo permiten.

Quiere marcar y gritarle. Quiere marcar y llorarle. Frustración es la palabra que describe su sentir.
Enciende un cigarrillo y bebe la botella de Chivas que le regalaron en año nuevo, sí, aún la tiene. Y sí, la bebe “pelona”.

Pornography de The Cure suena. De principio a fin. Sufre. ¡La vida es una pendejada! ¡El amor es una pinche ramera que se va cuando “lo importante” se acaba!, habla al aire.
Entonces llama a Marina. La dulce Marina. Alguien a quien amó secretamente dos años antes y que siempre está ahí para él.
Hola, Norbi, ¡qué milagro!
Hola, Marina, estoy hecho mierda. ¿Tú cómo estás?
Bien, muy bien. Pero dime, ¿qué te tiene así?
Es Magda. La voy a cortar.
Ay. ¿Qué pasó, hermoso?
Nada. Ya no pasa nada bueno con nosotros. Sólo tenemos problemas, y siento que ya no me ama. No entiende mi situación actual. Y bueno, yo no entiendo por qué no entiende. Tampoco entiendo que sea tan perra. Aunque yo también he fallado un putazo.
¿Y… estás pedo?
Algo.
¿Por eso la vas a cortar, porque estás pedo?
Quizás. No realmente, pero sí quise tomar agallas.
Ay, hermoso, no sabes qué feo se siente escucharte así. Yo te vi feliz todavía en abril cuando hicieron el viaje juntos a Vallarta.
Pues, ya ves. Las cosas cambian.
¿Cuándo piensas hacer eso?
Ahorita. De hecho, ¿te puedo marcar en un ratito más o hay problemas con tu marido?
No, no, Xavi no dice nada.
Ok.

Marca a Magda. Y bueno, eso ya lo saben. Timbra una vez y cuelga.
Minutos y un par de canciones que lo entristecen después, devuelve la llamada Magda.

¿Qué pasa Norbe? dice su todavía novia con voz de hartazgo.
Quiero hablar contigo.
¿Otra vez? Déjame dormir, ¿no?
No. La de hace rato fue la última pelea que tuvimos.
¿Qué pasa entonces?
¿Crees que vivir así esta relación es amar? ¿No has pensado lo gratificante que puede ser dejar de preocuparte por mi? Digo, si es que te preocupas. Es complicado para mi llegar a esta resolución, pero es inevitable. Estoy hundido en la mierda de este amor sin amor. Y no quiero la vida sin ti en ella, pero también, si estás en ella esto es un caos. No sé cómo lo pases tú, pero para mi esto es el puto infierno.
¿…? Magda calla.
Eres tú conmigo viviendo esta cosa horrible o soy yo viviendo tranquilo.
Te amo. De manera estúpida. Y sé que tú también, de forma muy pendeja.
¡Se acabó, mi amor. No más, mi amor!

Magda no responde.
¿Qué pasa contigo?
No sé.
¿No vas a decir algo?
Es que no sé. No esperaba esto.
¿Segura? Porque hicimos todo lo posible por terminar así.
Pero no lo esperaba. No de esta forma.
¿Estás ebria? Porque yo sí y no pierdo la coherencia, en cambio tú pareces un puto zombi sin emociones.
¿Ya vas a empezar?
¡Pues demuestra que te importa!
Es que no sé.
Te voy a colgar y no vas a volver a saber….
¡Espera!
¿A qué?
Te amo. Y te odio la mayor parte del tiempo, pero te amo.
¿Y? Así no funciona.
Lo sé.
¿Entonces?

¿¡Entonces!?
No sé cómo seguir.
Yo sé que al menos no debemos seguir.
Pero… -Magda llora-
Te amo. Y… deberíamos dejar de hablar ya. Que se acabe rápido. No hay por que darle más vueltas. Dice Norberto con determinación y voz entrecortada.
Ok…

Los cinco minutos siguientes en la llamada son los dos llorando, pidiéndose perdón y despidiéndose. El patético final de las relaciones.

Norberto cuelga. Marca a Marina.
¿Hermoso?, contesta con ternura.
¿Podemos hablar?. Dice él con la voz quebrada.
¿Qué pasó? ¿Acabó?
Sí, todo ha terminado…

Al final no hubo que culpar a nadie. 

¿Recuerdan a aquella hermosa mujer de piel aperlada, cabello largo recogido, encantadora figura, labios rojos, hermoso traje sastre y de gafas de armazón grueso blanco que conocí camino a la Universidad?
Pues ayer la vi por segunda ocasión.

Nos citamos anoche las 10 en el parque cerca de casa. El plan era mirarla fijamente a los ojos y besarla cuando viera la oportunidad y fuera necesario. Claro, el pretexto para ello era salir a caminar, charlar, comer un helado y después llevar a cabo mi plan.
Lo último ella no lo sabía, pero supongo que lo sospechaba desde el momento en que le hablé por primera vez para preguntarle (después de estar 10 minutos mirando aquellos gruesos y húmedos labios rojos) “Hey, linda camiseta. ¿Fuiste a verlos al festival aquel?”

Después de aquella charla intercambiamos números telefónicos, perfiles en Facebook, GTalk y Skype. Realmente después de aquella primera charla (hace 4 días) sólo tuvimos dos videollamadas (muy cortas) y un montón de SMS que no compensaban para nada el ver sus enormes ojos grises mientras me hablaba con su encantador tono de voz.

Anoche salí a las 9de la facultad,  no entré a Matemáticas Financieras y Administración de Recursos Humanos. ¡A tomar por culo! me la chupan esas dos materias, pensé y abandoné la universidad. Fernando salió conmigo y me dejó cerca de casa en su Pointer repleto de papeles del trabajo. Compramos una caja de cancros y disfrutamos en el camino de la hermosa brisa que se dejaba sentir en ese momento. ¡Pónle a Classic! Le dije. Viajamos escuchando a Ultravox, Depeche Mode, U2, The Cure y hasta a Los Who, ¡los pinches Who!

Me dejó a 2 kilómetros del lugar de la cita. Tomé el transmetro y llegué en cinco minutos. Caminé el largo del parque, “frente a la iglesia te veo” le dije 3 horas antes.  La puta iglesia quedaba al otro extremo de donde había empezado a caminar.

Llegué justo a tiempo a la cita, ella recién llegaba de su trabajo (ella trabaja como asesora financiera, ¿les había contado?) con su hermoso traje sastre color azul cielo y tacones que parecían no cansarla tanto. Yo con mi “ropa de abogado” (sin saco ni corbata) y una puta laptop en la bolsa (o mochila) que no he podido arreglar en una semana mas libretas. Estaba harto del cansancio.

Estaba fastidiado, pero volver a ver esos ojos grises a través de las gafas y gruesos labios rojos me hicieron entrar en un estado de calma y paz único.

La saludé. No de beso. Me aterró acercarme a su mejilla (¡y yo pensando besarla esa noche!). Estiré mi mano, ella la suya y nos sentamos a charlar…
______________________________________________

¿Qué llevas ahí? me dijo.
Una tontería (iba a decir “una pinche chingadera” pero no quería perder tan pronto la propiedad) que no he podido reparar.
Yo no sé nada acerca del mantenimiento de computadoras. ¿Es difícil?. Eso último lo preguntó con el tono de voz más dulce e inocente que jamás haya escuchado.
No, bueno, sí, bueno, es que, bueno, yo no sé mucho, pero, bueno, me defiendo. Estaba nervioso. Me cagaba del nervio.

Luego hablamos sobre su trabajo y lo asqueroso que es tratar con gente. Con gente idiota. Aunque generalmente la gente es idiota. Somos idiotas.

¿Traes cigarros?, preguntó.
Sí, compramos una caja hace rato al salir de clases. Le regalé un Benson y se lo encendí después de muchos segundos. La brisa se había ido pero hacía un viento del carajo.
Me voy a soltar el cabello, hace un airecito muy rico.
Sí, me gustaría ver cómo el viento te vuela los cabellos. ¡Momento, ¿eso lo dije o lo pensé?!
¿Qué dijiste?, espetó.
No, nada, que sí, el clima está agradable.
Yo oí que dijiste otra cosa.
Obviamente sí, pero no lo voy a repetir.
¿Por qué?
Porque me da pena.
¿Por qué te da pena?
Porque me gustas. ¡Oh, de nuevo, ¿lo dije o lo pensé?!
Eso no me sorprende, dijo sin un gramo de modestia.
¿Por qué no te sorprende?
Porque supe con qué intenciones te acercaste a mi en la estación del metro.
¡Carajo, me encanta esta pendeja!, pensé. ¿Ah sí?, le dije
Ajam. Sólo respondió.
¿Con qué intenciones me acerqué?, pregunté yo.
¡No! Ahora te toca a ti decirme las cosas.
Ehm, pues, -mi cancro se terminaba sin haberle dado más de dos bocanadas, le di la última y lo lancé lejos. Digamos que, ¿no te ha pasado que vez a alguien encantador en un lugar y te preguntas, “y si no le vuelvo a ver”, y decides que, en efecto, podrías no verle jamás, entonces, vas y le robas unas palabras con el pretexto de besarle después? Pues eso me pasó contigo.
No dijo nada.
¿Qué piensas?
Nada.
Dime.
Pues, dame otro cigarro. Encendí otro Benson y empezó a hablar: yo no soy así, nunca me dejo llevar por ese tipo de emociones…
¡Y tampoco yo! interrumpí.
Ajam, nunca haría algo así tan “random”. Me saca de onda.
¿Y por qué decidiste corresponderme en ese momento?
Porque me pareció tierno.
¡Ajá! ¡Tierno! O sea, no te gusto.
No he dicho eso.
¿Qué pasa si quiero besarte en este momento?
No lo sé, no parecería adecuado.
¿Adecuado para quién? ¿por qué?
Para mi. Nunca he besado a alguien en un segundo encuentro. Menos en el primero.
Pero, pero… Y ya no supe qué decir.
¿Dame una razón por la cual debo dejar que me beses?
Porque eres jodidamente encantadora. Eso se huele, se ve… ¡se percibe! Y yo percibí en el momento en el que te vi a punto de subir las escaleras de la estación Sendero que tu cuerpo tiene la medida perfecta para ser recorrido por mis manos, que tus cabellos se verían bien rozando mis hombros mientras me acerco a tu boca, que tus ojos miran en la misma dirección que los míos, que tus manos tienen la suavidad que mi rostro desea sentir, que tus piernas se verían bien retorcidas con las mías y que tus labios tienen el sabor que mi boca necesita.  ¡Necesito besarte! Necesito saber que no me equivoco, que no estoy equivocado con esto que siento y que no es sólo una ridícula fantasía adolescente…

Entonces con sus manos tímidas y mojadas por la brisa que ya había vuelto a caer, tomó mi rostro y acercó sus labios a los míos, vi como cerraba sus ojos a través de esos enormes lentes; sentí como me suspiraba en la boca, y medio segundo después, me dio un beso tierno  que subió de intensidad en un disparo. Tomé su cintura, recorrí sus caderas y sentí como me mordía los labios. Era la sensación más bella de mi vida. Luego rozó con sus manos mi entrepierna, tuve una erección, ella la sintió y luego jugo su lengua con la mía…
Fueron más de tres minutos así hasta que lentamente separamos nuestros labios.

Ahora, ¿crees que te equivocas?
No. Respondí nervioso.
Me tengo que ir, ya es tarde.
Te acompaño.
Sería muy lindo.

¿Mencioné que ella vive a 6 calles del parque? ¿Tampoco?
Eso significa que vive a menos de 10 minutos de mi casa a pie y que, después de lo de anoche, el parque, su casa y la mía forman el triángulo perfecto. El Triángulo De La Felicidad, lo llamé cuando volvía a casa momentos después de dejarla en su puerta y despedirnos con un pequeño pero muy sincero beso.

Hoy volvimos a charlar. Hoy volví a ser feliz. Y mañana, volveremos a vernos. Tengo qué confirmar que ella es la persona exacta y necesaria para mi en este momento. El Triángulo De La Felicidad me espera, y con ello, volver a besar sus deliciosos labios rojos sabor durazno.

  1. Camera: Canon EOS 5D Mark II
  2. Aperture: f/5.6
  3. Exposure: 1/160th
  4. Focal Length: 70mm
Album Art
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Tan alto estás que ni el dolor ni la piedad te alcanzan ya.
Ni tanto amor, ciego de luz y presa del hoy, sucumbirá…

Un ángel cayendo… sus alas no vuelan, ya no puede volar
y abajo un infierno, y en el medio todo esto que nos roza
¿cómo escapar? ¿cómo se puede escapar?

Played 15 times.

La gente apesta. No los métodos o herramientas. La gente siempre apesta, siempre es el problema.

Tener conductas innecesarias, pendejas, es una mierda. Es improductivo.

La gente es el problema de la gente. No las circunstancias ni situaciones. Las erráticas conductas sociales, el “agite”, el caos, la hostilidad siempre dan como resultado lo mismo: jodernos los unos a los otros.

¿Con qué fin?¿Qué ganamos cometiendo siempre los mismos errores si en 1 de 100 casos aprendemos de ellos? ¿El caos social y la intimidación nos genera respeto? ¿Provocar el dolor ajeno trae consigo algún beneficio?

¡Qué puta y pendeja necesidad de deshacernos los unos a los otros!

La gente apesta. Somos una mamada innecesaria. Hacemos mamadas innecesarias.
Vivimos al margen de la destrucción y no nos importa un carajo.

¿Por qué somos así y cuando dejaremos de serlo?

"En estos tiempos, y vaya que son buenos, las opciones se limitan a dos y sólo dos: ser un “báber” o un “paiki”. La decisión depende, en gran medida, de lo que el mundo espere de ti, y también de lo que uno espere del mundo.
Pasa lo mismo con el amor. Uno se imagina una cosa pero normalmente termina encontrándose con otra."
Cuki Pirulazao, La vida sin Pixie.

Estaba en una llamada no tan importante con alguien menos que interesante mientras caminaba por Fundidora. Era sábado, lo recuerdo.
Mis palabras sonaban fuerte en aquella llamada, al haber tanta gente por el lugar, es común que no escuchen lo que digo.

Terminé la llamada que parecía de rutina, y en la última frase justo al colgar, una rubia encantadora que iba 6 pasos adelante de mi, enfundada en un vestido hermoso y de facciones elegantes volteó: ¿me hablas a mi?
“No”, atiné a decir. Nada más, me asusté.

Hay algo muy extraño, las mujeres que me gustan me aterrorizan y me hacen entrar en pánico; quizás es por eso que me hago amigo de mujeres que, a pesar de ser muy bellas, no me gustan. Es la zona de la comodidad.

Doy algunos pasos más y la rubia vuelve a voltear:
-Podría jurar que me hablaste.
-No.
-Voy a ver El Señor de los Anillos 4.
-¿4? No me gusta esa mierda.
-¿Quieres ir?

Y no supe qué contestar.

Lo último que recuerdo fue vernos a los dos tirados en una de las áreas verdes de Fundidora. Platicando de música, libros, la ridícula cuarta entrega de El Señor de los Anillos y de lo hermoso que me parecía estar ahí a su lado. De lo maravilloso que era ver caer el sol en su rostro y de como sus ojos brillaban de manera diferente.

De pronto se levantó y me dijo “tengo que ir a ver la película”. Corte a: ella alejándose al cine sola, con ese vestido hermoso, largas piernas, cabellera dorada haciendo juego con su lechosa piel y elegantes facciones. Alejándose para siempre.

Sola, sin mi. Porque a mi me caga El Señor de los Anillos.